Lo que aprendí surfeando sofás

Couchsurfing, cambiando el mundo un sofá por vez

Llegué al consumo colaborativo gracias a mi pasión por viajar. Una tarde de 2006, leyendo el suplemento de turismo del diario La Nación, me tropecé con el proyecto Couchsurfing: una red de viajeros que se ofrecen alojamiento y/o compañía, información, buena onda, puramente gratis y por el gusto de conocerse y compartir. Nació en 2004 y hoy tiene más de seis millones de miembros repartidos por el mundo todo.

Esa tarde me cambió la vida. Fascinada con lo que leía, me hice un perfil y entré a mi primera red de intercambio. Enseguida llegaron los pedidos de alojamiento, un mes más tarde recibí a mis primeros huéspedes, y al año siguiente debuté con la maravillosa sensación de ser recibida en casa ajena como si fuera una amiga.

Como couchsurfer conocí a gente de Hong Kong y de Estonia, desayuné cereales que ni sé cómo se llaman y mostré mi ciudad en cinco idiomas. Cada visitante me enseñaba algo nuevo; me ayudaron a conocer prácticas sustentables de distintas partes del mundo y a ver mi realidad con otros ojos.

Me costó y me sigue costando explicar a los incrédulos que no cobro nada por alojar desconocidos en mi casa, que no pago nada cuando viajo, que nunca me han robado y que no tengo miedo. Tal como decía Rachel Botsman, la nueva moneda es la confianza. Las referencias que los usuarios dejan en el sitio sirven como aval; la interacción hace el resto.

En 2010 viajé por Europa 108 días, y dormí en 35 camas. Bueno, camas es un decir. A veces eran sofás, a veces habitaciones privadas, hubo noches que compartí colchón con mi anfitriona, alguna vez me tocó tirar mi bolsa de dormir en el piso y otra la pasé en una cabaña junto al lago.

No solo compartí el espacio. En Hamburgo me prestaron una bici; en Barcelona me llevaron a moto a la playa; en Copenhague participé de un festín vegano; en Odessa me invitaron a un casamiento. En todas partes traté de retribuir de algún modo: cocinando, limpiando, ayudando a traducir, dando información, charlando.

En ese viaje conocí experiencias de consumo colaborativo, como las plataformas para compartir viajes en auto -que usé en Alemania y Francia-, los tours gratuitos donde cada turista elige cuánto paga, los talleres de reparación de bicicletas, las comidas populares, los “free shop” donde se puede tomar libremente la ropa y objetos que otros donan, las excursiones de “dumpster-diving” que rescatan alimentos en buen estado de los basureros.

Cuando volví a Argentina, mi primer pensamiento fue que era lógico que esas experiencias comenzaran en naciones donde toda la población dispone de más recursos y la rueda del consumo gira más rápido. Después descubrí que también hay un factor cultural que todavía asocia al bienestar con la compra; y mirando mejor, vi que las experiencias colaborativas empezaban a brotar aquí también. Volví con los ojos atentos para encontrarlas y apoyarlas, y a detectar las oportunidades diarias para pelearle al consumismo bobo. Cada visitante que llega me ayuda. El lema de Couchsurfing es “cambiando el mundo, un sofá por vez”; ya son seis millones de sofás.

 

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