¿Qué ciencia necesitamos para enfrentar el coronavirus?

Científicos en la Universidad Nacional de La Plata.
Científicxs en la Universidad Nacional de La Plata. Autor: UNLP. Disponible en WikiCommons bajo licencia Creative Commons Reconocimiento 2.5 Genérica

Desde el comienzo de la epidemia del COVID19, la ciencia abierta juega un rol fundamental para acelerar la contención del virus. El lunes 30, la misma UNESCO recomendó a ministros de ciencias de todo el mundo que promuevan las prácticas abiertas para paliar la emergencia sanitaria. Mariano Fressoli, organizador del Congreso Argentino de Ciencia Abierta y Ciudadana e integrante del colectivo Comunes, piensa adónde lleva esta crisis.

En poco más de tres meses el coronavirus (Covid-19) se ha convertido en una pandemia global. A medida que la curva de personas infectadas comenzó a subir exponencialmente, la mayoría de los gobiernos primero negaron el problema y luego se resignaron a escuchar a las expertas y los expertos: se necesitaban aplicar enfoques de emergencia para disminuir los casos, ganar tiempo y evitar el colapso del sistema sanitario. Países como China y Corea del Sur salieron a jugar fuerte con medidas de aislamiento e hicieron uso intensivo de tecnologías para identificar y tratar a quienes se enfermaron: desde apps para entregar turnos, sensores de temperatura corporal, desarrollo de kits de testeo rápido, escáneres portátiles de tomografía computada y tecnologías de geolocalización. Pronto quedó claro que para enfrentar el coronavirus se necesita una fuerte presencia del Estado y mucha ciencia y tecnología. Aquellos países cuyos mandatarios todavía se burlan de la comunidad de personas expertas o minimizan el peligro del coronavirus – como Brasil o Estados Unidos -, pronto comprenderán que lo hacen bajo su riesgo propio.  Así, el Coronavirus ha puesto en off side por igual a  antivacunas, trolls de la ciencia y a pensamientos libertarios que piden el fin de la intervención estatal.  Nadie duda ahora de que precisamos de la ciencia y la tecnología financiada con fondos públicos para resolver la pandemia en ciernes. La gran pregunta es: ¿qué tipo de ciencia precisamos?

Una explosión de conocimiento abierto

En los escasos tres meses desde el comienzo de la pandemia el conocimiento sobre el coronavirus ha aumentado con un ritmo pocas veces visto. Sólo 10 días después de los primeros casos reportados de coronavirus, la comunidad científica de China y Australia ya habían descifrado y depositado la secuencia genética del genoma del Coronavirus en GenBank, un repositorio abierto de datos genómicos (Holmes, 2020).

Desde entonces, científiques de todo el mundo han compartido nuevos secuenciamientos del genoma de diferentes pacientes, buscando entender como está evolucionando el virus. En general la comunidad científica es bastante celosa con sus datos y no los comparten de forma abierta a menos que exista una publicación. Pero la urgencia ha obligado a hacer algo que se denomina ciencia abierta, en la cual se puedan publicar sus datos y registrarlos, de modo que otras investigaciones puedan utilizarlos y aprender más rápido. Esto es justamente lo que sucedió en el caso del Coronavirus: la posibilidad de acceder al genoma de forma abierta y gratuita permitió que científiques de todo el mundo pudieran comenzar a estudiar la enfermedad y empezar a diseñar vacunas. 

Otra área donde la investigación abierta avanzó rápidamente alrededor de la pandemia han sido las publicaciones. El 22 de enero, apenas 10 días de que se publicaran los primeros datos genómicos del virus, la comunidad científica estadounidense utilizó esta información para demostrar que el coronavirus chino se asemeja al SARS. Para ello, publicaron un artículo en bioRxiv, un repositorio abierto que recibe publicaciones previas a su evaluación por referato. Sólo 12 horas después, un equipo de la comunidad científica de China logró confirmar estos datos (Johnson, 2020). Desde enero, la cantidad de artículos sobre el coronavirus no ha dejado de crecer. La semana del 20 de marzo el número de artículos publicados en formato pre-print en bioRxiv llegaba a los 680 artículos (511 de medRxiv y 169 para bioRxiv).

Normalmente una publicación científica se somete a referato por pares científicos. Este proceso asegura calidad de los artículos, pero puede llegar a demorar meses. Demasiado tiempo para la urgencia que enfrentamos. Mientras se somete el artículo a un referato tradicional, los pre-prints facilitan que otros científiques accedan a los últimos resultados. Por sobre todo, la mayoría de los servidores de pre-prints son de acceso abierto. Esto que significa que las investigaciones o las universidades no precisan pagar por utilizar este material como sucede en el caso de las editoriales comerciales como Elsevier, Wiley o Taylor & Francis.  El costo de acceder a las publicaciones a nivel nacional no es menor. En 2019, el nuevamente Ministerio Nacional de Ciencia y Tecnología tenía previsto pagar alrededor de 13 millones de dólares, un gasto que puede ser prohibitivo en momentos de crisis económica. 

En tiempos extraordinarios, es común que las editoriales y otras agencias accedan a compartir las publicaciones y datos de forma abierta. En 2016, durante la crisis del ebola y zika, 30 instituciones científicas ya resaltaban la importancia de los pre-prints y otras formas de datos abiertos. Durante estos meses, la fundación Wellcome Trust, la revista Nature y otras asociaciones científicas también hicieron llamados a disponer en acceso abierto las publicaciones científicas asociadas al coronavirus.  Pero no se trata de paliar la emergencia otorgando un pase libre momentáneo. Se precisa cambiar la infraestructura y los modos de intercambio de conocimiento para acelerar la investigación abierta del coronavirus … así como también de otras enfermedades. La colaboración masiva que ya está funcionando en el caso de la pandemia podría también acelerar la búsqueda de tratamientos para chagas, malaria o dengue. Negarnos esa posibilidad es prácticamente un crimen.

Es importante notar aquí que el acceso abierto no es una práctica novedosa. Desde hace casi dos décadas que existen declaraciones y planes para implementar su uso. Recién en los últimos años el acceso abiertos a las publicaciones ganó espacio a nivel mundial y organismos y programas de financiamiento científico como la National Science Foundation en EE.UU. y el Programa Horizonte 2020 de la European Commision promueven políticas para compartir publicaciones en acceso abierto y/o  requieren la presentación de un plan de gestión de datos. En Argentina, las políticas de acceso abierto se encuentran institucionalizadas a partir de la aprobación de la Ley 26.899 de Creación de Repositorios Digitales Institucionales de Acceso Abierto. La Ley establece que las investigaciones financiadas con fondos públicos deben depositar su producción científica en repositorios institucionales. Sin embargo, el avance hacia un sistema extendido de acceso abierto a publicaciones y datos se demora.  En 2019, de las 138 instituciones del sistema científico alcanzadas por la Ley (incluyendo universidades e instituciones como CONICET), sólo 42 ya contaban con repositorios en funcionamiento y 14 se encontraban en desarrollo (Arza et al., 2019). Argentina no está tan mal respecto de otros países de la región, que en general también tienen pequeños programas de acceso abierto. Sin embargo, en ningún país de América Latina se dispone de un plan estratégico para promover la ciencia abierta.

La respuesta de la comunidad científica frente al coronavirus está comenzando a dejar claro que el modelo de publicación comercial tradicional de las editoriales científicas ha quedado obsoleto. Pero, ¿qué sucede con el resto de las tecnologías y datos que pueden puede producir el sistema científico-tecnológico? ¿Podemos extender la misma lógica de colaboración y apertura?

Respiración artificial

Enfrentar el coronavirus requiere de una enorme cantidad de insumos médicos y artefactos médicos, desde alcohol en gel a respiradores artificiales. Pero mientras que resulta relativamente sencillo impulsar la producción de alcohol en gel en empresas o laboratorios estatales, construir un respirador requiere ciertas capacidades técnicas que pocas empresas poseen. Se calcula que sólo EE.UU. requerirá casi un millón de respiradores artificiales adicionales para atender al pico de pacientes en caso que la epidemia se extienda al 30 por ciento de la población (Halpern et al., 2020). En el Reino Unido, el Primer Ministro emplazó a las empresas a producir 30 mil respiradores artificiales en 2 semanas (Jack, 2020). Una proeza que la industria difícilmente puedan lograr sin los conocimientos necesarios.  Alemania acaba de prohibir la exportación de estos productos para evitar desabastecer su mercado. En el país existen unas pocas empresas como Tecme, que fabrican respiradores artificiales y está trabajando a doble turno para producir 4000 mil aparatos (Blanco Gomez, 2020). Pero no sabemos realmente si la capacidad industrial instalada a nivel nacional podrá cubrir la demanda en caso de que la epidemia se acelere. Se trata además de equipamiento caro, cada respirador cuesta aproximadamente 20 mil dólares. Eso sin considerar que, aún si podemos vivir con lo nuestro, otros países en la región también sufrirán la falta de estas tecnologías. En este punto, si hay algo que la pandemia pone sobre la mesa es que su resolución requiere colaboración global.

Además de respiradores, también se necesitarán escáneres de resonancia magnética portátiles, sistemas de monitoreo de signos vitales, reactivos médicos y kits de testeo, entre otros insumos. Resolver estos cuellos de botella tecnológicos no sólo requerirá conocimiento nuevo sino también readaptar y democratizar conocimiento disponible. 

Una opción, que está siendo considerada por España e Irlanda, es fabricar un respirador artificial de bajo costo y diseño abierto que pueda ser producido por varias empresas de forma simultánea. Varias iniciativas como Open Source Ventilator, Hackaday y Open Source COVID-19 medical supplies  que buscan diseñar y fabricar respiradores artificiales, válvulas, y otros elementos médicos necesarios para paliar la enfermedad.  A nivel local, un ingeniero de INTA en Río Negro está construyendo un respirador artificial de diseño abierto, mientras que la Universidad Nacional del Rosario planea construir sus propios equipos de bajo costo. 

Argentina está bien posicionada para aprovechar estas iniciativas. En los últimos años se han desarrollado varias iniciativas de código abierto en software, semillas abiertas y hardware, incluyendo la fabricación de una plataforma electrónica multiuso de código: la Computadora Industrial Abierta Argentina (CIIA). La CIIA cuenta con la colaboración de varias universidades, empresas y cámaras industriales y posee una lista de más de tres mil desarrolladoras y desarrolladores que participan de diferentes aspectos de desarrollo del proyecto. Diferentes versiones de la CIIA ya se están utilizando en la industria agrícola, dispositivos de seguridad, equipamiento ferroviario, y equipamiento médico, entre otros (Guido & Versino, 2016).

Bajo el paraguas de la emergencia, rápidamente se está echando mano a recursos abiertos tanto en tecnología como en producción de conocimiento científico y otros. Muchas personas se cuestionarán si estos modelos de gestión son realmente efectivos a la hora de resolver problemas a escala masiva. La respuesta a estas dudas se encuentra en Wikipedia, el sistema operativo Linux y otros cientos de casos de ciencia abierta y comunes colaborativos.  Día a día consultamos una enciclopedia producida por cientos de miles de personas colaboradoras en todo el mundo de forma voluntaria, organizada en forma descentralizada y sin fines de lucro. La misma plataforma provee contenido a Google, Youtube, Facebook y otras empresas gigantescas, produciendo contenido con una velocidad y diversidad que sería difícil de alcanzar por cualquier empresa particular. ¿O alguien todavía consulta una enciclopedia en papel?

Cambio de paradigma

La investigación científica siempre osciló entre la publicación abierta de los resultados y el secreto del laboratorio. Esta dinámica implicó durante siglos un balance entre competencia y colaboración. El sistema científico debe colaborar para resolver problemas y por eso descansan en el acceso a publicaciones e instrumental común. Pero también competir por fondos y por el prestigio de quienes publican primero.

A partir de la década de 1980, el balance inestable entre los polos de competencia y colaboración fue trastocado por la adopción de políticas de comercialización de la ciencia. Este viraje organizacional emula cambios propios del neoliberalismo: las empresas empiezan a tercerizar sus capacidades de Investigación y Desarrollo para contratar servicios de las universidades y laboratorios públicos, los gobiernos desfinancian a las instituciones científicas obligándolas a competir por fondos y ya no les queda otra opción que vender sus servicios. Al mismo tiempo, se establecen mecanismos de transferencia exclusiva (por ejemplo, patentes, servicios técnicos, convenios de confidencialidad) del conocimiento producido por laboratorios públicos a las empresas privadas. La comercialización de la ciencia también afecta el famoso ethos científico mertoniano.  Pero, en lugar de una ciencia universal, comunalista, desinteresada y basada en el escepticismo organizado, nuestras políticas científicas privilegian la cultura de emprendedorismo y competencia entre las investigaciones y las agendas de investigación se orientan cada vez más de acuerdo a intereses corporativos. En política científica y tecnológica, la razón por la cual existe más inversión en tecnologías para la agricultura intensiva en agroquímicos que en agroecología es la misma por la cual el Estado subsidia los hidrocarburos en lugar de las energías renovables: las grandes empresas no sólo monopolizan la producción de insumos centrales de la economía sino también acaparan la agenda de investigación y financiamiento que permite construir caminos alternativos. Ese es el modelo de producción de conocimiento científico dominante en la actualidad. 

A diferencia del enfoque de comercialización, las prácticas de ciencia abierta incluyen desde el libre acceso a las publicaciones y datos, la ciencia ciudadana, las prácticas de software y hardware libre para la ciencia, formas de evaluación abierta de pares y la adopción de recursos educativos abiertos. Estos elementos permiten que más investigaciones y personas actuantes interesadas puedan utilizar la información científica y acelerar la producción de conocimiento. La ciencia abierta no sólo es más eficiente sino también más democrática: todes pueden acceder a los conocimientos producidos de forma pública y no sólo unas pocas personas privilegiadas. Que la ciencia abra los datos no significa que no se pueda hacer un uso comercial de ellos: en general, las licencias abiertas permiten el uso abierto de los recursos siempre que no se los cierre para la investigación. De esta manera no se detiene la mejora del conocimiento y se evita la construcción de monopolios.

El fin de una era

La emergencia del coronavirus necesariamente va a implicar cambios en nuestras economías. La era de la austeridad estatal y el repliegue sobre el mercado se tambalea frente a la necesidad de implementar soluciones masivas para un número gigantesco de afectados.

De la misma manera que el coronavirus revela la fragilidad de nuestro sistema de salud, la importancia del trabajo precarizado, la falta de inversión en infraestructura y la necesidad de contar con un estado más moderno, también debería hacernos notar la disfuncionalidad de las políticas científicas orientadas a maximizar la comercialización del conocimiento. Muchas de las ineficiencias, mezquindades y falta de visión que promueve el enfoque de comercialización deberían ser abandonadas por la urgencia del momento. En cierta forma, el coronavirus debe tomarse como sistema de alarma temprana sobre las crisis que nos acechan en un futuro cercano: el calentamiento global, el agotamiento de los modelos extractivistas, y el malestar de nuestras democracias en la era de la información. Todos estos fenómenos van a requerir el desarrollo de nuevos conocimientos científicos y nuevas tecnologías a una escala pocas veces vista en las últimas décadas. Pero como dolorosamente muestra la pandemia, todavía no estamos a la altura de estos desafíos.

Durante buena parte de la historia moderna las instituciones científicas y las investigaciones combinaron la capacidad para pensar soluciones inmediatas a los problemas que enfrentamos con la construcción de visiones de un futuro mejor. Por mencionar un ejemplo, el desarrollo de internet por las universidades norteamericanas en la década de 1960 construyó un sistema de comunicación descentralizado, pero también generó nuevos imaginarios de libertad y democracia que dan forma a la creciente economía del conocimiento. Y, sin embargo, bajo el enfoque de comercialización de la ciencia, dentro de la comunidad científica nos encontramos tan entrampados en la competencia por fondos de investigación y la lógica de publicar o perecer, que la mayoría apenas sobrevivimos de proyecto en proyecto y pocas personas disponen del tiempo para pensar en grandes visiones.

Este es quizás el llamado más interesante que nos hace la ciencia abierta. La apertura y la colaboración nos ofrece primero un modo más eficiente de investigación y una forma de acelerar la resolución de problemas sociales. Pero en el fondo la ciencia abierta también busca construir un proyecto de sociedad más democrática, en la cual el acceso al conocimiento se transforma en un derecho y la oportunidad de contribuir desde diferentes perspectivas deviene una fortaleza. Es un modelo de sociedad en el que nadie puede impedir el acceso a los bienes comunes producidos por todes.

Enfrentar el proceso de cambio hacia una nueva economía política de la ciencia abierta y la cultura colaborativa, les comunes, no es algo sencillo. Las instituciones no pueden reprogramarse de un día para otro: necesitan aprender y adaptarse a las nuevas realidades. Es muy probable que muchas personas con poder institucional se resistan y desdeñen estos cambios. Quienes se aferran a sus prácticas y al control de los recursos científicos comunes elaborarán un montón de excusas (muchas de ellas atendibles); desde el aprovechamiento indebido de los datos, al riesgo de hackeo de la información, y el peligro de la malinterpretación de los resultados científicos, entre otros. Es verdad que todavía quedan muchas preguntas sin respuesta en el esquema de la ciencia abierta, sobre todo en torno a su gobernanza, evaluación y financiamiento. Resolver estas cuestiones precisará la elaboración de políticas y programas más consistentes. Pero al ocuparnos de resolver estos problemas no debemos perder de vista el hecho que sin ciencia abierta difícilmente alcancemos una verdadera economía del conocimiento y que sin ella estaremos realmente desguarnecidos para enfrentar los desafíos que se avecinan una vez que pasemos la cuarentena.

Mariano Fressoli es investigador adjunto CONICET en el Centro de Investigaciones para la Transformación (CENIT), Escuela de Economía y Negocios, UNSAM.

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