Una mochila mediana

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En mi viaje de 2010 cambié mi vieja mochila de 70 litros de capacidad por otra de 42, preparada para cargar hasta 10 kilos. Fue la mejor decisión: me permitió moverme cómoda a pie o con transporte público y llevar siempre mi equipaje conmigo, ahorrándome las molestias de despacharlo y la eventualidad de perderlo. Pero, sobre todo, me obligó a elegir muy bien lo que llevaba.

Con la ayuda inestimable del sitio OneBag, hice mi lista: dos pantalones, tres remeras, una pollera, un par de zapatillas, un par de sandalias, un suéter, una campera, una bikini, una toalla, cuatro mudas de ropa interior, una soga para colgar ropa y una bolsa de dormir. Nada demasiado irreemplazable. En un bolsito de mano cargaba lo fundamental: pasaporte, teléfono y una netbook con adaptador universal.

En más de cien días de viaje me ofrecieron regalos, visité ferias de usados e incluso encontré excelentes objetos gratis en mercados de intercambio. Cada vez que incluía algo en mi mochila, debía dejar algo. Esto me obligó a no encariñarme con los objetos, y a enfocarme en las experiencias, las impresiones, las personas.

Nunca escuché a nadie quejarse de haber empacado de menos. Casi todo lo que podemos necesitar puede conseguirse fácilmente, comprado, prestado o regalado; cargar demasiadas cosas nos obliga a vivir a su servicio. Me gusta pensar en la vida como una mochila mediana, que se llena y se vacía con facilidad.

(Una confesión: me permití el fetichismo de acumular una pequeña colección de planos, mi debilidad. Los traje hasta Buenos Aires… y apenas los volví a mirar. Google maps es mucho más detallado y nunca lo pierdo).

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