Una tarde reparadora

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¡El velador enciende!

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Durante toda la tarde del sábado 28 sonaron aplausos en un rincón del Parque Lezama. Detrás de unas mesadas modulares hechas de madera e imaginación, bien amparado por herramientas y manifiestos, un equipo espontáneo y voluntario se puso la camiseta del Club de Reparadores y se las ingenió para arreglar todo lo que le presentaran. Fueron muchas cosas y variadas, según consignan las organizadoras, de Artículo 41:  “unas patillas de lentes, dos auriculares, dos portalámparas, una lustradora, dos vaporeras, un enchufe de plancha, una tostadora, una compu de juguete, otro juguete con sonidos, un ventilador antiguo, una hamaca, una tapa de olla, un vaso térmico que recuperó asa, un sensor de sonido, un velador, una malla de reloj, tres remeras, cinco camisas, una pollera, dos carteras, una suela de sandalia, una suela de ojota, cinco pantalones, una funda de almohadón y dos saquitos”.

mesa

Se dice fácil, pero hay que reparar todas estas cosas, tan disímiles entre sí, tan únicas cada una en su desperfecto. Esa era la propuesta: juntarse para arreglar los objetos “que estén rotos, gastados, o les falte el coso del cosito”, para “extender su vida útil y evitar que se convierta en residuo”. Funcionó: unas treinta personas se acercaron con la ilusión de darles nueva vida a sus cosas. Algunos llegaban porque estaban sobre aviso; otros simplemente pasaban por allí y les resultó oportuno arreglar una patilla del anteojo, un juguete descompuesto. Y hasta divertido, porque no todos los días un reparador enseña sus secretos, y los de cómo están hechas las cosas. Había que ver a los voluntarios, que quizás ni se conocieran entre sí, dándose maña para reemplazar el coso del cosito con lo que hubiera a mano: tornillos, piolines, elementos de descarte. Y sobre todo daban gusto las caras de alegría de los dueños de las cosas al ver que pasaban rápidamente de casi basura a ser otra vez elementos valiosos, y el gesto de satisfacción de cada reparador al devolverlos andando.

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Y entonces, los aplausos, el mate, las gracias. ¿A quién llevarle a reparar una lustradora con tres décadas de historia, un ventilador antiguo que no enciende, un auricular roto?

lustradora

Muchas veces cuesta encontrar tiendas profesionales de reparación, y si se las encuentra, no es raro que desestimen la tarea por demasiado complicada y poco rentable. Si no hay repuestos, si hay que buscar mucho, si de todas formas por esto qué te voy a cobrar… Todo cambia si se toma como un desafío, una manera de pasar la tarde entre amigos y revalorizar habilidades. Es cierto que no se vive solo de aplausos y agradecimientos, pero también se vive de eso. En palabras de Jeremy Rifkin: en la era del procomún, el capital social coexiste con el financiero y le hace competencia.

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El Club de Reparadores es una iniciativa de reparación colectiva de Artículo 41, un proyecto de comunicación sustentable impulsado por Melina Scioli y Marina Pla. Fue incubado por el estudio A77, y debutó este sábado en el marco de la feria Vuelta Verde, que aportó logística y soporte.

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El corazón del encuentro fueron los reparadores, munidos de hilo, aguja, máquina de coser, pegamento, destornilladores, serruchos y cantidades industriales de imaginación, experiencia y entusiasmo. Solo algunos: Julieta Morosoli, Flor Dacal, Pablo Giordano, Fernando Daguanno, el colectivo Banco de Trabajo, Romina Estecher, Lucas Gilardi, Emilia Calleja, Guadalupe Urriticoechea, Ximena Torrisi, Manuel Becho Lo Bianco, Jerónimo Vélez Funes, y por supuesto las mismas Melina Scioli y Marina Pla.

¿Y para qué reparar? 

manifiesto

Reparar para sentirse actor de la propia vida y dueño de las cosas, en vez de su esclavo. Para dar ganas de seguir reparando. Para encontrar una excusa para juntarse y charlar de esto.

Gracias Artículo 41, fue una fiesta. Ojalá se repita y se multiplique.

 

Las fotos son de Artículo 41 y Afueradentro; hay otras 65 acá. Más gracias.
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