Por qué la cultura colaborativa puede cambiar el mundo

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Tuvimos el honor de publicar este artículo en la revista Brando de septiembre: una especie de compendio abreviado de lo que puede la cultura colaborativa aquí y ahora. Aquí la versión online original. Lo reproducimos tal como fue editado, con fotos, recuadros y todo; nomás agregamos algunos links para facilitarle la búsqueda a quien quiera saber más. 

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • La bioconstrucción se basa en la construcción colectiva de viviendas sustentables.

 

Maike Majewski se sirve un vaso de jugo de manzana de un tetrabrik con canilla. Tiene otras 14 cajas, en pago por cosechar manzanas en una finca de las afueras de Berlín, donde vive. Saca dos panes irregulares de una bolsa y los tuesta; los consiguió por medio de la plataforma Foodsharing. Una hora antes de cerrar, una pastelería cercana posteó que le quedaban panes sin vender. Maike se ofreció a retirarlos; a la vuelta pasó por una verdulería asociada a la red y rescató kilos de brócoli, papa y lechuga. Es demasiado; tendrá que cocinarlos pronto para que no se arruinen y ofrecerlos a los vecinos. Baja al jardín y saca de la huerta común un poco de puerro. En el hall de entrada del edificio, cada vecino pegó en su buzón stickers que muestran lo que comparte: muebles, herramientas, libros, ropa. Busca una olla grande en la biblioteca de objetos compartidos, entre mochilas, juguetes y trineos. Sube al ático, donde hay un estudio común que prestan a huéspedes ocasionales que llegan a través de redes de hospitalidad gratuita como Couchsurfing. La última donó una camiseta a la canasta de gratiferia. Maike se sienta junto a su máquina de coser y la “upcicla”: la arregla hasta dejarla mejor que nueva.

A unos 12.000 kilómetros, en Chascomús, Soledad Giannetti llega con sus tres hijos al EPA, Espacio Participativo de Aprendizaje. Allí un grupo de chicos juegan en una casa de barro construida por sus padres con sus propias manos. Todos los padres aportan cuatro horas semanales, ya sea cuidando a los chicos, mejorando el espacio o cumpliendo otras tareas en la comunidad Akapacha: cocinar, limpiar, atender el almacén orgánico. Soledad trabaja en la organización; en estos días coordina una compra colectiva de verduras. Akapacha está compuesta por unos 15 adultos y es, a la vez, un espacio de experimentación en permacultura y colaboración y un ecolodge que recibe a voluntarios de todo el mundo por medio de la plataforma online de trabajo en granjas orgánicas Wwoof.

Unos 700 kilómetros al norte, Jésica Giudice se trepa a un techo para enseñar a poner una antena en plena Pampa de Achala, Córdoba, ahí donde internet es una ilusión de algo que pasa en la capital. Junto a su pareja, Nicolás Echániz, y una red de colaboradores on y offline, crean y enseñan a crear redes digitales comunitarias en pueblos que, para los proveedores de telecomunicaciones, son económicamente inviables. Trabajan con código abierto y materiales económicos, bajo el concepto de tecnología apropiada: la que permita a la propia comunidad resolver el problema. Lo hacen en contacto con activistas de redes libres de todo el mundo, con quienes comparten código e ideas. Por ejemplo, con André Gaul, el creador de la iniciativa similar Freifunk, en Berlín, que hoy provee de internet a una creciente comunidad de refugiados.

Maike, Soledad, Jésica, Nicolás, André y otros miles son protagonistas de un cambio sigiloso: el que lleva de la competencia por los bienes escasos a la abundancia compartida. Muestran que hoy los problemas vienen de la mala distribución o, algo peor, de la escasez artificial: un modelo de negocios basado en vender cosas nuevas. Para eso se inventó la obsolescencia programada, que hace que el teléfono de 2014 no sirva para nada en 2016.

Se sabe: si un perro muerde a un hombre no es noticia; la noticia es que el hombre muerda al perro. Si un hombre compra comida, agua, espacio, conocimiento y acceso al dinero, es normal. Si se organiza con otros en red para cubrir sus necesidades y muerde al mercado, se publican notas sobre economía colaborativa como esta.

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • Los sistemas de bicicletas públicas es otro modo de compartir recursos.

 

MUNDO SHOPPING

“Cuando miro las fotos de la juventud de mis padres, me sorprende ver que todos fumaban, en todos lados”, dice Gabriel Weitz, rosarino, ingeniero, trabajador de Google. “Nuestros hijos se van a asombrar y a avergonzar de que viajemos con tres lugares vacíos en el auto”. Para superar ese sinsentido ambiental y económico, fundó la ONG Soluciones Tecnológicas Sustentables (STS). De allí surgió en 2013 Carpoolear, una plataforma online para compartir viajes en auto. No es una idea original: hay cientos de plataformas de carpooling en el mundo. La más exitosa, BlaBlaCar, les cambia la manera de transportarse a más de 10 millones de personas.

Todavía hoy es normal ir con asientos vacantes en el auto. También tener coches estacionados en la calle 23 horas por día, casas de veraneo que se habitan un mes al año y pagan impuestos por 12, vestidos que se usaron una sola vez, garajes llenos de electrodomésticos obsoletos, patines que quedaron chicos, comida que se pudre en la heladera, aunque muy cerca haya gente que necesite eso que no se está usando. ¿Cuántas veces esperaste un colectivo durante 20 minutos viendo pasar auto tras auto semivacíos?

Ante cualquier necesidad, material o inmaterial, la respuesta normal desde mediados del siglo XX era salir a comprar. El shopping como la forma del mundo. En la tarde del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush emitió un comunicado: “La economía americana continúa abierta a los negocios como siempre”. Comprar como manera de ser deja una única identidad posible: consumidor. Con mucha suerte, usuario.

Pero el siglo XX terminó (ese 11 de septiembre) y cambiaron las formas de ser, consumir, producir, facilitadas por la tecnología. Un poco techie, un poco solidaria, la economía colaborativa evoca bicicletas, permacultura y ciberactivismo, liberalismos de izquierda y derecha, monedas sociales y bitcoins, huertas y drones. De El Bolsón a Silicon Valley y vuelta: una ensalada hermosa de utopías comunitarias por celular y, también, un modelo de negocios.

Es cierto que nadie se recibe de Che Guevara por viajar alojándose en casas particulares, por financiar un proyecto mediante el crowdfunding o por vestirse con lo que otro ya no usa. Tampoco por compartir la clave del wifi o fabricar una prótesis con un archivo de código abierto y una impresora 3D. Quizás ni siquiera se den cuenta de que le está sacando el cuerpo al mercado para sumarle un porotito a la economía colaborativa, el gran paraguas que reúne las opciones entre pares, descentralizadas y horizontales.

LA OTRA ECONOMÍA

“Estamos viendo el ascenso espontáneo de la producción colaborativa: bienes, servicios y organizaciones parecen ya no responder a los dictados del mercado y la jerarquía directiva”, decía el año pasado el británico Paul Mason en su libro Postcapitalism. “El producto de información más grande del mundo –Wikipedia– es hecho por voluntarios, aboliendo el negocio de las enciclopedias y privando a la industria de la publicidad de un estimado de US$ 3.000 millones al año en ingresos. Casi desapercibidas, en los nichos y en los huecos del sistema de mercado, franjas enteras de la vida económica están empezando a moverse a un ritmo diferente: monedas paralelas, bancos de tiempo, cooperativas y espacios autogestionados han proliferado. Para los estudios económicos dominantes, están apenas para calificar como actividad económica, pero ese es el punto. Existen porque comercian, aunque sea de un modo vacilante e ineficiente, en la moneda del postcapitalismo: tiempo libre, actividad en red y bienes gratuitos”.

La colaboración no empezó ayer ni anteayer, es tan vieja como la codicia. Mutuales y cooperativas llevan siglos. El carpooling floreció en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial; Servas es una plataforma de hospitalidad gratuita que funciona por carta desde 1950. Y en Argentina, ya en 1978, MIA (Músicos Independientes Asociados) financiaba sus discos con “vales de producción”, una preventa que funcionaba como crowdfunding analógico. En su libro pionero, What’s Mine is Yours: The Rise of Collaborative Consumption (2010), Rachel Botsman definió el consumo colaborativo como “compartir reinventado por la tecnología”. Lo que cambia internet es el alcance de estas prácticas: simplifica los intercambios y a la vez genera la información necesaria para crear una red de confianza entre desconocidos. Aquí entra la gran moneda virtual: la reputación digital. No es lo mismo salir a hacer dedo a la ruta que conectarte a través de una plataforma online con un conductor que ya tiene referencias hasta de tus amigos de Facebook. Quizás hasta te pase a buscar por tu casa.

Internet trae más que un cambio de escala: su arquitectura misma es –o lo era al menos en sus inicios– P2P y colaborativa. La producción de pares nace del software libre y la ética hacker. Los primeros hackers se enfrentaron con la paradoja de que la información quiere ser libre y gratuita, porque su costo baja cada vez más, pero quiere ser cara, porque es valiosa. Mientras Microsoft crecía, ellos decidieron generar abundancia común. De allí surgió el código abierto, unos años después la Wikipedia y los movimientos de conocimiento abierto, las licencias abiertas y poco más tarde el hardware libre; las placas Arduino y la impresión 3D encendieron la mecha del movimiento maker. Así, la abundancia digital acaricia el plano material: bajo las palabras mágicas “ábrete código”, se abaratan exponencialmente los costos de todo, y se democratizan los medios de producción. “Lo realmente revolucionario de la impresión 3D es la aparición de una infraestructura de la autoproducción, con costos marginales casi nulos, que nos aleja de la era capitalista y nos acerca a la nueva era del procomún colaborativo”, explica Jeremy Rifkin en su libro La sociedad de coste marginal cero. En la web hay archivos, planos y tutoriales para hacer de manera económica y sencilla desde prótesis hasta recicladoras de plástico, desde casas hasta nanosatélites.

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • Los espacios que ofrecen coworking se expanden en las grandes ciudades.

 

Pero ¿dónde queda la ética hacker cuando las redes de pares llegan a Silicon Valley? A medida que sitios web gratuitos como Couchsurfing, Freecycle o los primeros carpooling ganaban comunidad, fue quedando claro que esa capacidad ociosa (una habitación vacía, un asiento en el auto, un tapado que no se usa, el tiempo libre) podía tener un valor en el mercado (y que la comunidad que generaba era una mina de oro en datos). En un péndulo, la economía colaborativa pasó de desmercantilizar el mundo (¡puedo dormir en casa de extraños sin pagar!) a remercantilizarlo (¡puedo cobrar por alojar turistas!). La idea de generar webs y aplicaciones que contactaran a particulares para resolver sus necesidades entre sí, copiando el modelo del abuelo Craigslist, fue muy exitosa en Silicon Valley. Allí se acuñó el concepto de plataforma, que arropó a toda una generación de emprendedores dispuestos a desafiar mercados tradicionales. Lo de “acceder en vez de poseer” se convirtió en imperativo comercial: ser un compañía “de contactos”, no de bienes. Así es como Uber, que casi no posee activos tangibles, hoy está valuada en US$ 62.500 millones, nueve veces más que YPF, con todos sus pozos petroleros y sus máquinas. Airbnb vale (y factura) más que cualquier cadena hotelera y Facebook es el mayor medio de comunicación del mundo sin producir ni un texto. El valor está en la información que manejan, su llave de acceso a millones de recursos. Y esa información quiere ser cara.

Claro que las plataformas no son de aire: cobran un porcentaje de la transacción y tienen sus propias reglas, muy diversas entre sí, para con sus “socios” individuales. Mientras fueron startups, se las trató como niñas mimadas; su desprecio por las leyes se veía como una travesura anarquista. Cuando comenzaron a tomar escala global, fue cada vez más difícil diferenciarlas de aquello que habían venido a poner en jaque: las compañías monopólicas, la competencia propia del capitalismo, en muchos casos la explotación de las partes más débiles. En un par de años, el negocio de la desconcentración se concentró: hay decenas de plataformas de turismo de pares, pero Airbnb copa más del 80 % del mercado. Lo mismo vale para Kickstarter en el plano del crowdfunding, Lending Club en los préstamos y BlaBlaCar en el carpooling. Negocios son negocios. La comunidad colaborativa empezó a dudar: el capitalismo cambia la escenografía tan rápido que es difícil saber quiénes son los malos.

LA BATALLA FINAL

Aquí es donde se arma el merengue entre economía colaborativa, sharing economy, consumo colaborativo, economía P2P, economía de la changa (gig) y economía on demand, que algunos llaman simplemente uberización. ¿Quién dijo que un modelo de negocios tenía que velar por el bien común? ¿Acaso la palabra “compartir”, usada como etiqueta, llamó a confusión? Para 2014 eran decenas las voces enojadas que clamaban que la “sharing economy” no comparte nada, empezando, por supuesto, por Uber. Por eso, muchos usan para estas empresas el término “capitalismo de plataforma” y le oponen como modelo posible el “cooperativismo de plataforma”, difundido por Trebor Scholz: ofrecer el mismo servicio, pero manejado por sus dueños. En el Kultursymposium Weimar, un encuentro reciente en Alemania sobre la cultura de compartir e intercambiar, una participante tiró una conclusión lapidaria: “La palabra compartir ha sido secuestrada”. Otra completó: “Si la economía colaborativa es capitalismo 2.0, no sirve. Mejor hablemos de buen vivir”.

Acusar a una compañía de querer ganar cada vez más es como acusar al escorpión por picar: está en su naturaleza. Pero no es para tirar todo el movimiento por la borda. Airbnb, con toda su concentración de datos, sigue siendo más distributivo y ecológico que la hotelería tradicional; Kickstarter se convirtió el año pasado en Empresa B, con un compromiso humano y ambiental en sus estatutos. La comunidad colaborativa lleva años tratando de encontrar un timón ético que permita trazar una línea clara: el belga Dirk Holemans, especialista en ciudades colaborativas, propone estas tres preguntas evaluatorias: “¿Quién posee? ¿Cómo se reparten las ganancias? ¿La lógica es de crecimiento o de suficiencia?”.

 

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • El club de reparadores propone arreglar y reutilizar para bajar el consumo.

 

¿Y EN CASA CÓMO ANDAMOS?

Argentina es un caso interesante: a innovadores y colaborativos no nos van a ganar. Como en todo el mundo, hubo una burbuja de startups P2P alrededor de 2013-2014, de la que solo sobrevivieron las más aptas en los negocios. Afluenta, en préstamos, e Ideame, en crowdfunding, pegaron el salto a la expansión regional. Media docena de plataformas de carpooling abrieron y cerraron, incluida Tripda, un gigante global que al irse dejó sola a Carpoolear… una ONG sin fines de lucro. Los intercambios y gratiferias funcionan mejor en Facebook que en webs específicas. Mientras tanto, crece el uso de bicicletas públicas, la cultura libre, el conocimiento abierto y el número de cooperativas de tecnología. La cantidad de espacios de coworking se duplicó en dos años. El modelo incaico de la minga –hoy por vos, mañana por mí– cobra fuerza en talleres de bioconstrucción, espacios maker y consultorías colaborativas. Crece el trabajo colaborativo y voluntario en hackatones, editatones y jornadas de construcción. La lógica P2P apadrina clubes de reparadores y disco sopas, redes libres, fablabs y espacios hacker. Las comunidades de pares son más resilientes que las startups, que tienen que abrirse paso en el mercado, pero los dos modelos se mezclan y se potencian, y van formando un movimiento con masa crítica: desde 2014, Buenos Aires es el centro de la Semana de la Economía Colaborativa, que este año se floreó con el encuentro internacional Comunes, coproducido por el Goethe-Institut, la red latinoamericana Minka y el portal El Plan C. En la charla de apertura, la brasileña Lala Deheinzelin definió: “Estamos pasando de la lógica del consumo a la del cuidado, de la escasez a la abundancia. Lo que se consume se agota; lo que se cuida es infinito”.

En esta transición, la tecnología nunca es inocente. “La próxima vez que alguien les muestre una nueva app, pregúntenle: ¿y eso en qué beneficia a los ciudadanos?”, aconseja Trebor Scholz, el abogado de las cooperativas. “Las nuevas tecnologías solo son importantes en la medida en que nos ayudan con nuestros principales desafíos como sociedad”, refuerza Neal Gorenflo. Lisa Gansky, otra de las gurús del movimiento, asegura que el P2P está cambiando “el sistema operativo de la sociedad”.

Lo cierto es que el abaratamiento constante de los costos convierte la tecnología en un commodity. Cada vez más las herramientas están al alcance de la mano; el procomún del conocimiento regala a los ciudadanos el enorme poder de la abundancia. Y todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • Dada Room es un sitio que une personas que buscan compartir la casa.

 

LA GRAN RED COLABORATIVA

Alojamiento y turismo 

Las mil y una formas de moverse por el mundo eludiendo la industria de la hotelería. En el principio fueron las redes de hospitalidad gratuita, por pura onda: Servas, Hospitality Club, Couchsurfing y otras. Hacerse un perfil, mandar un mail y dormir gratis en sofás de todo el mundo. Después vinieron las opciones pagas de eso mismo: en 2008 rompió el mercado Airbnb (que empezó con un colchón inflable, “Air Bed and Breakfast”) como plataforma para que particulares alquilen sus viviendas. Hay decenas de variantes de alojamiento P2P: con y sin anfitrión presente en la casa, en sofá, habitación o propiedad completa, por dinero, onda o noche equivalente en otra casa. Hay redes de cuidadores de casas y mascotas (House Sitters) y establecimientos rurales que te hospedan por trabajo (Wwoof). También hay guías de turismo en plataformas P2P, voluntarios (Global Greeter Network) o por una tarifa (Vayable), y gastronomía P2P, con plataformas como Cookapp, que permite que cualquiera convierta su casa en restaurante.

Movilidad

Las plataformas de carpooling conectan a gente que hace los mismos trayectos, para compartir viajes en auto y ahorrar plata, tráfico y contaminación. La más exitosa del mundo es BlaBlaCar, con más de 10 millones de usuarios en Europa, India, México y Brasil. En Argentina opera Carpoolear, creada por la ONG STS Rosario, y hay varios grupos de Facebook dedicados a compartir viajes. Otra variante es el carsharing, que permite acceder a autos sin poseerlos: alquileres simples por períodos cortos. Funciona en varias ciudades europeas (Berlín, París) y en México DF. Y existe también la opción P2P, con plataformas como Getaround, que posibilitan alquilarle el auto a un particular. ¿Uber? Ellos claman que son colaborativos porque conectan a conductores con pasajeros… pero es una discusión dudosa. También pueden pensarse como colaborativos los sistemas de bicicletas compartidas (ya están en Buenos Aires, La Plata, Mendoza y Rosario) y las plataformas de alquiler de bicis y motos entre particulares. Y la página de contactos entre camioneros y mochileros en Facebook.

Finanzas

La industria financiera es una de las más abusivas del mundo y, por eso, candidata cantada a ser intervenida por las tecnologías P2P. El crowdlending, o préstamos entre pares, en realidad hace lo mismo que los bancos: junta a gente que necesita préstamos con gente que quiere prestar plata por un interés, y se queda con un porcentaje. Pero como no pretende una tajada tan grande como los bancos, todos ganan. Es el caso de Lending Club en Estados Unidos o Afluenta en Argentina. El crowdfunding es diferente: son microdonaciones o inversiones –según el modelo– para apoyar un proyecto artístico, tecnológico o social. Los exponentes son Kickstarter (en el norte) e Ideame (en Latinoamérica). Algunos de los proyectos más exitosos en el ámbito local son Cualca, la serie web que recaudó casi $ 250.000 y el Anuario de Ilustradores. Entre las finanzas p2p se cuentan también las monedas sociales o locales, como formas de empoderamiento comunitario para escapar a las tiranías de los mercados globales, y su versión techie, las criptomonedas, basadas en tecnología blockchain, la que respalda al bitcoin: el ejemplo más conocido es Faircoin.

Intercambiar en lugar de comprar, compartir para no tirar, funcionar en redes por fuera de la lógica de acumulación. Del foodsharing al financiamiento colectivo, del carpooling al canje gratuito de alojamiento, en el mundo empieza a desarrollarse una economía alternativa capaz de reemplazar el uso convencional del dinero gracias a una herramienta imprescindible, la tecnología. ¿Podrá sostenerse en el tiempo?

  • Wooff postula el trabajo en huertas orgánicas a cambio de alojamiento.

 

Alimentos

Aquí la colaboración se da principalmente en la distribución, un mecanismo ineficiente que hace que hoy un tercio de la comida que se produce en el mundo se desperdicie en algún punto de la cadena productiva. Para llamar la atención sobre este problema, se organizan en todo el mundo las disco sopas, eventos festivos de protesta que recuperan alimentos que se iban a descartar. Además, cada vez se ven más heladeras sociales, donde distintas personas dejan la comida que les sobró para que otros puedan comer. En Alemania, la red Foodsharing conecta a quienes tienen comida para dar –desde restaurantes hasta particulares– con quien quiera retirarla. En Argentina, Proyecto Plato Lleno hace lo mismo, pero entre actores fijos: de un lado, compañías de catering y del otro, comedores populares. Otro enfoque colaborativo sobre la alimentación apunta a la soberanía alimentaria, incentivando la agricultura a escala familiar y urbana: armá tu propia huerta, plantá tus propios tomates, tus propias hortalizas, tus propias plantas aromáticas.

Objetos

¿Cómo conseguir lo que se necesita sin ir a comprarlo al supermercado? Comprarlo usado, en tiendas o entre particulares, vía plataforma web (Mercado Libre, Ropanroll) o vía app geolocalizada (Letgo); trocarlo por otra cosa; buscar alguien que lo done en plataformas como Freecycle, Desprendete o Gratiferia. ¿Pero realmente hace falta poseerlo? Si solo se lo va a usar para algo puntual, se puede alquilar a través de una plataforma P2P, como Spinlister, o pedirlo prestado a algún conocido (o desconocido, mediante las redes) que lo tenga. El caso paradigmático son las herramientas. En Estados Unidos y Europa existen bibliotecas de herramientas y objetos, como clubes de elementos compartidos; aquí los makerspaces permiten usar las máquinas por una membresía. También se puede crear lo que se necesita en casa, en todo o en parte, a veces reparando o reciclando algo viejo, con ayuda de tutoriales web, archivos de código abierto, fabricación digital, colaboradores virtuales. Y la opción más revolucionaria de todas: decidir que, en realidad, no se necesita esa cosa.

 

Conocimiento

El saber no ocupará lugar, pero hasta hace poco, por acceder a libros, archivos, softwares y bienes culturales en general había que pagar. Pero la idea misma de saber está cambiando, como resultado de la cultura del software libre: ya no viene de arriba hacia abajo, sino más bien de todos los costados a la vez. El ejemplo paradigmático de construcción de saber P2P es la Wikipedia, pero hay otros miles de repositorios libres de información online. Foros que enseñan a hacer cualquier cosa; sitios como Github, donde los desarrolladores comparten sus códigos, o Thingiverse, con archivos imprimibles en 3D. Universidades que desafían la estructura académica y deciden publicar los papers de sus investigadores; otras, incluso las más prestigiosas del mundo, organizan los contenidos de sus cursos más populares en forma de MOOC, Massive Online Open Courses. Hasta la ciencia se abre a la participación masiva con programas como e-Bird, donde cualquiera puede sumar el dato del pajarito que vio. ¿Herramienta clave? Políticas de código abierto y licencias libres.

Coworking, coliving

Entre el box del empleado y el living con gato y pantuflas del freelancer, la tercera posición: el espacio de coworking, donde es posible trabajar de modo independiente pero acompañado a la vez. Es la forma de acceder a una oficina y sus servicios por menos plata y con el plus de la comunidad. En Argentina, ya hay más de 70 espacios de coworking, de Tucumán a Comodoro Rivadavia (aunque el grueso se concentra en Buenos Aires, GBA y Córdoba). Si bien la mayoría son privados, también hay algunos públicos y gratuitos, manejados por municipios y universidades. Otras áreas de trabajo colaborativo son los espacios maker, donde se comparten máquinas y herramientas. También artesanos, carpinteros y oficios manuales varios se organizan en talleres compartidos. La versión más extrema del compartir espacios es el coliving, las casas colectivas, que están extendiéndose sigilosamente. Una tendencia que suele organizarse con el boca en boca, aunque también existen plataformas para favorecerlas, como Dada Room. Escenas de la vida en comunidad en el siglo XXI.

Producción p2p

Podemos hacerlo todo si sabemos cómo y usamos el conocimiento colectivo; hay planos open source hasta para hacer satélites (cortesía de Emiliano Kargieman, tapa de Brando 87). En la última década, grupos de voluntarios se han juntado para producir cosas antes reservadas a industrias específicas y pesadas: casas de barro, calefones solares, redes de internet, hasta un velero. También se unen para buscar soluciones a problemas comunes en hackatones, hacer prótesis de bajo costo, reparar en grandes fiestas colectivas lo que la sociedad de consumo mandaba al muere. El colectivo Open Source Ecology está prototipando las 50 máquinas básicas para empezar una civilización en el proyecto Global Village Construction Set. Con el abaratamiento de la tecnología fotovoltaica, empiezan a organizarse las primeras cooperativas vecinales de energía solar. Las grandes empresas se sienten tan amenazadas que en España quienes se descuelgan de la red de electricidad –cada vez más– deben pagar el “impuesto al sol”.
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